Sobre inclusiones, exclusiones y bibliotecarios en el filo de la navaja

clip62-Edgardo-Civallero

Edgardo Civallero Editor Asociado Consorcio CDU

Hablar de inclusión y exclusión social (términos complementarios, dado que el primero es definido por oposición al segundo) es una tarea espinosa en estos tiempos que corren, momentos en los que una parte nada despreciable de la población europea ya ha sido excluida socialmente -a veces sin ser consciente de ello- o corre el riesgo de serlo en un futuro inmediato. Los propios términos ya son, de por sí, de una naturaleza controvertida: un amplio sector de la sociología crítica se ha pronunciado claramente en contra de la validez de esas expresiones y ha señalado que se trata de construcciones «inventadas» por la clase política, en un intento de desviar la atención de la ciudadanía (y el destino final de los recursos públicos) hacia áreas «políticamente correctas» o, por lo menos, «políticamente convenientes», ocultando de la vista los verdaderos problemas: pobreza y explotación, discriminación y aculturación, injusticia y desigualdad, abusos de poder…

Un propósito al que se suman los documentos oficiales y los artículos oficialistas que se refieren a la inclusión/exclusión social sin ahondar en las causas de esos fenómenos. Por lo general ni siquiera las abordan: se limitan a detalladas descripciones de las consecuencias de esos procesos, usando para ello explicaciones tan obvias y tan evidentes como que se trata de procesos «negativos» que «excluyen» a determinados sectores sociales y «limitan» sus expectativas o «bloquean» sus oportunidades de desarrollo, progreso, bienestar o supervivencia, «negando» algunos de sus derechos intrínsecos como ciudadanos.

Nada se dice sobre el porqué, aunque en algunos casos se hacen tímidas alusiones neo-darwinistas sobre «el éxito de los más aptos», o se valen de manidos estereotipos acerca de los colectivos excluidos para justificar su exclusión (p.e. la falta de adaptación de los inmigrantes y las «tribus urbanas», o de competitividad de las mujeres, o de productividad de los enfermos y discapacitados, o de socialización de las llamadas «minorías de género»).

La exclusión y la inclusión son potentes mecanismos a través de los cuales las clases sociales dominantes se apropian de y mantienen el control sobre temas fundamentales como son el empleo, la sanidad, la educación, el acceso a la información y al ocio, las relaciones sociales, los espacios ciudadanos… Los sociólogos weberianos (aquellos que siguen las ideas de Max Weber, uno de los padres fundadores de la sociología moderna) emplean, para explicar tales mecanismos, un concepto muy gráfico: el de «cierre social» (social closure). Una vez que cierto grupo se hace con el poder, la visibilidad o el reconocimiento que buscaba, bloquea todos los caminos y limita todos los posibles accesos a ese recurso al resto de los colectivos, a los que considera «competencia»: los que quedan dentro son los incluidos; los de fuera, los excluidos. Esta imagen puede aplicarse a cualquier elemento social y a cualquier sociedad del mundo, e ilustra de manera muy elocuente el origen de la exclusión. También revela por qué hasta ahora no se ha solucionado el problema: destruir esos procesos significaría volar en pedazos el actual modelo capitalista, un modelo que crea riqueza privada apropiándose de los recursos públicos y obtiene beneficios destruyendo las condiciones que posibilitan una vida digna.

En este contexto, el bibliotecario se enfrenta a una serie de cuestiones que lo afectan como individuo y como profesional. La primera es que, como ciudadano, probablemente será alcanzado, a corto, medio o largo plazo, por las políticas de exclusión (llámense «recortes», «flexiseguridad», «privatizaciones», «liberalización», etc.) y descubrirá que habrá sido privado de una serie de derechos elementales como son trabajo, vivienda, salud, educación, formación, ocio, descanso, libertad de expresión y de pensamiento… La segunda es que, como profesional, verá su ámbito laboral encadenado y cercenado: las bibliotecas y centros de documentación también sufrirán la aplicación de drásticos planes de austeridad (amén de otras políticas menos publicitadas, como el control, la ausencia de neutralidad o la censura). Será testigo de la caída y la desaparición de muchos de sus servicios y actividades, de cómo el crecimiento de su repositorio se estanca, o de cómo el personal y el presupuesto de su biblioteca se reducen drásticamente. En ambos casos, «alguien» ha considerado que todos esos «sacrificios» son, además de necesarios, inevitables para alimentar la lógica del beneficio.

Además, el profesional de la información contemplará cómo el colectivo al que sirve sufre la misma exclusión, el mismo avasallamiento, la misma presión social, o quizás mucha más: verá aumentar los niveles de pobreza y desempleo, así como los de crispación y desesperación… A su biblioteca llegarán usuarios a la búsqueda de alguna solución, de alguna esperanza, de alguna opción, o tal vez de un momento de esparcimiento que les permita olvidar, por un momento, que su realidad cotidiana se está desmoronando. Y el bibliotecario, comparta o no ese sentimiento de impotencia, o de rabia, o de enfado, se dará cuenta de que las herramientas para proveer de ayuda o para servir a sus lectores resultan insuficientes.

Entre las actitudes más habituales, o las respuestas más «populares» ante este tipo de situaciones de crisis, se encuentra la desvinculación del bibliotecario de todos aquellos problemas que no le atañen de manera directa. El profesional deja de lado los inconvenientes sufridos por su comunidad y se concentra en los propios: en primer lugar, en los personales, y luego en los institucionales. Estos últimos suelen usarse, incluso, como una excusa para la auto-exculpación: son los recortes y las privatizaciones los que impiden al bibliotecario hacer algo en favor de su comunidad de lectores y usuarios; son instancias superiores las que crean el problema, y la solución a los mismos está lejos de sus manos o sus posibilidades. Esta actitud viene, en ocasiones, avalada por un discurso curioso: el profesional no es más que un mero «técnico administrativo» encargado de gestionar unos recursos determinados, y no es responsable de que esos recursos y esas herramientas fallen o sean inadecuadas. Evidentemente, tampoco es responsable de los problemas de su comunidad.

Uno de los mecanismos más usados a lo largo de la historia humana, y uno de los más exitosos a la hora de perpetuar la exclusión social, es destrozar los lazos de solidaridad entre los grupos excluidos. Cuando una institución como la biblioteca, espacio comunitario por excelencia, almacén del conocimiento de toda una sociedad, fracasa en su misión de proporcionar un servicio igualitario y equilibrado para todos y de responder a las necesidades de sus visitantes, y cuando el equipo humano que lidera ese centro da la espalda a tal misión y se lava las manos, desconociendo su responsabilidad social, olvidando hasta los más básicos códigos de ética personal y profesional y borrando de un plumazo todos sus compromisos, esos vínculos comienzan a debilitarse, al tiempo que las desigualdades siguen reproduciéndose y profundizándose.

El bibliotecario debe aprender (o recordar) el significado de las expresiones «responsabilidad social», «ética profesional» y «compromiso». No son términos vacíos: son locuciones cargadas de valor, nacidas al amparo de unos ideales y de unas creencias firmes en la igualdad de oportunidades, los derechos humanos, la libertad y la solidaridad. El bibliotecario, la biblioteca y su entorno son parte de un todo que está sujeto a los problemas que golpean a la sociedad en general. Pero eso no es motivo para la renuncia. Es en situaciones de riesgo cuando la biblioteca debe poner en práctica, más que nunca, las nociones listadas al inicio de este párrafo. Para ello cuenta con medios únicos: espacios físicos y virtuales, información, canales de comunicación y difusión, medios de conexión y cohesión social… Al poner esas herramientas al servicio real de sus usuarios, la biblioteca estará torciendo el curso de las corrientes de exclusión y, por ende, apostando por la inclusión.

El trabajo de los centros de información como motores culturales y sociales comunitarios solo puede llevarse a cabo y mantenerse mediante un profundo compromiso. Tomando partido, enterrando la indiferencia, empleando a fondo su know-how para enfrentar las situaciones adversas, y poniendo como límite la imaginación, las bibliotecas -aún aquellas que soportan dramáticos niveles de carencias- serán capaces de abrir puertas, inaugurar esperanzas y crear oportunidades. Pues esa es su razón de ser. Para eso nacieron y, aunque muchos se empeñen en negarlo y en ignorar abiertamente su rol social, para eso están. Lo demuestran a diario miles de bibliotecarios que, como rezaba el poema de Mario Benedetti, «no se quedaron inmóviles al borde del camino».

clip62-firma

 

Categorías

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *