Por piezas

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Antonio Rodríguez de las Heras Catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid Director del Instituto Cultura y Tecnología de la Universidad Carlos III de Madrid

El ser humano se ha esforzado a lo largo de toda su Historia en superar la distancia. El espacio como distancia y el tiempo como demora. Estrechamente unidas estas dos dimensiones porque las personas y sus producciones ocupan un lugar y, por tanto, se abre una distancia con cualquier otro lugar, así que superarla implica un tiempo, el tiempo como demora. Los caminos, las ciudades, los transportes… son el resultado de este esfuerzo constante por procurar que la distancia no sea un obstáculo.Una charca se hace más próxima con una vereda, ya que se llega a ella en menos tiempo que campo a través. La concentración de personas en un recinto urbano facilita el contacto y el intercambio. Los transportes, desde la rueda al motor, reducen con la velocidad y capacidad de carga el tiempo de recorrido de una distancia. Con ellos se desplazan personas, objetos, información.

Información. También ocupa un lugar. Así que hay que transportarla. La transportan las personas (oralidad) u objetos que la soportan (escritura).

Añadamos, para preparar lo que pretendemos exponer aquí, que la comunicación es la posibilidad de intervención en la información. Y esta intervención influye de alguna manera en el flujo de información.

Pues bien, si hay que vencer una distancia para transmitir una información, entonces, por economía del esfuerzo, se procura transportar la mayor cantidad de información que se pueda en cada envío. Así, desde una carta a un libro, o una conferencia, se intenta que contenga una cantidad de información que compense el esfuerzo del transporte.

Cuando no hay distancia no hay tampoco demora, hay presencia, Es decir, coincidencia en un lugar y en un momento. Entonces es oportuno enviar breves cantidades de información, y con la opción, por la ausencia de demora, de que se intervenga sobre ella, condicionando así los siguientes envíos: es el caso de la conversación, del diálogo. Nuestra forma más intensa de comunicación.

El desarrollo de la Red -el último esfuerzo hasta ahora del ser humano por liberarse de la atadura del lugar- ha permitido crear un espacio sin lugares, pues eso es la Red. Ya no consiste en reunir en un lugar personas y objetos, como el invento de la ciudad, sino levantar un espacio en donde las cosas y personas disfruten de la ubicuidad y de la deslocalización.

Los fenómenos de la especularidad y de la virtualidad permiten explicar cómo se entra en ese espacio de la Red. Pero ahora no es obligado detenerse en ellos sino fijar la atención en qué sucede con la información.

Si en la Red no hay lugares, no hay entonces que vencer distancias; por consiguiente se tiende a hacer «paquetes» de información mucho más reducidos. Aquí es necesario introducir el concepto de «dosificación». El hecho de que una información se envíe en contenedores más reducidos no significa que el discurso se acorte, sino que se dosifique. Si esto obligara a acortar aquello que se quiere decir, el empobrecimiento del intercambio de información entre los seres humanos se haría muy acusado, pues hay mensajes que necesitan una extensión para los argumentos, las descripciones, por debajo de la cual se desvirtúan. El mismo discurso se envía, pero dosificado en cápsulas más pequeñas. Se puede beber una botella de vino, pero no llenando un vaso de agua hasta arriba, sino en una sucesión de copas no repletas hasta el borde.

La comunicación en la Red se inclina en este sentido más hacia la oralidad que hacia la escritura. La oralidad necesita presencia en un lugar; la digitalidad, ausencia de lugares (que es lo que proporciona la Red).

La reducción de la extensión de los «paquetes» de información provoca el fenómeno de la granularidad de la información digital que estamos presenciando cada vez de forma más clara.

Si esta granularidad da como resultado únicamente partículas de información sin más; entonces la Red se hace sencillamente un espacio aluvial y, para algunas personas, un lodazal que anegaría siglos de cultura escrita. Presenciaríamos un fenómeno de desmigajamiento de la información. Pero estos pequeños «paquetes» de información tienen también la opción de no ser cerrados, es decir, fragmentos, sino de construirse como piezas. Una pieza es, en efecto, un objeto pequeño, pero abierto, porque puede encajarse con otras piezas y dar una composición, o más precisamente, composiciones según se recombinen las piezas, a diferencia de los fragmentos, con los que sólo se puede recomponer el objeto único del que proceden.

Si transmitimos la información en unidades pequeñas pero abiertas entonces la intervención sobre la información consiste en que las personas tienen la capacidad en la Red de elegir esas piezas y combinarlas para obtener una composición, distinta a la combinación de otra persona, y ambas transmitir esas composiciones para que otras las desmonten y recombinen. Y así incesantemente. Esta es la forma que toma la comunicación en la Red.

Estamos ya viendo este despiece de la comunicación no sólo con el fenómeno de las redes sociales sino con la aparición de medios (apps) para que las personas reúnan piezas de información, hagan sus propias combinaciones y las transmitan.

En la Red hay piezas a granel y composiciones grandes y pequeñas. Personas que aportan piezas sueltas o en composiciones, y personas que intervienen sobre ellas y las recombinan. De esta forma se produce la transmisión de información y la intervención sobre ella.

Es sólo el comienzo. Todo está aún muy confuso, tanto por estar aún emergiendo, como a causa de que lo establecido en siglos se está perturbando en unos años.

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Antonio Rodríguez de las Heras
Director del Instituto de Cultura y Tecnología
Universidad Carlos III de Madrid
www.ardelash.es

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