La relevancia de ALFIN en la Sociedad de la Información y del Conocimiento

Coordinación:
Jesús Robledano Arillo

Hemos reunido a un grupo de reconocidos expertos en ALFIN, con la intención de entablar un debate donde se discutan algunas de las cuestiones que ahora mismo pueden ser prioritarias en esta materia. Esperamos que las diferentes intervenciones arrojen ideas que nos ayuden a vislumbrar un estado de la cuestión en ALFIN y su evolución en los próximos años. En orden de intervención, participan: Ralph Catts (Director de Allimar Community Diagnostics Ltd. Scotland), Jesús Lau (Universidad Veracruzana, Instituto de Ingeniería), Andoni Calderon Rehecho (Servicio de Información y Apoyo a la Docencia e Investigación de la Biblioteca. Universidad Complutense de Madrid) y Josep Vives i Gràcia (Gabinet Tècnic en Generalitat de Catalunya. Departament de Cultura). Queremos agradecer a Alan Bundy y a Miguel Ángel Marzal la ayuda aportada para la organización de este debate.

1.- ¿En qué estado se encuentra en este momento la investigación sobre ALFIN? ¿Desde qué ámbitos se está generando la investigación en esta área (Universidades, Organismos internacionales, Instituciones, comunidades virtuales…)? ¿En qué aspectos se debería investigar más?

Ralph Catts (Allimar Community Diagnostics):

Preámbulo: 

Lo que los científicos del área de Biblioteconomía y Documentación denominan alfabetización informacional o alfabetización en información (information literacy) está así definido de forma demasiado limitada y está mal denominado. Las competencias de los adultos para el siglo XXI incluyen la capacidad de recopilar, almacenar y utilizar información para crear, aplicar y comunicar conocimiento situacional. Esto implica la capacidad de utilizar información, usar la tecnología, resolver problemas y comunicarse y trabajar con otras personas. Por tanto, la alfabetización informacional es una parte de un conjunto integrado de competencias de adultos.

Puede ser útil para los bibliotecarios y científicos de la información seguir utilizando el término alfabetización en información dentro de la disciplina de las ciencias bibliotecarias para distinguir su área de especialización, pero, con el fin de participar en el debate más amplio sobre la capacitación de las personas para trabajar en una sociedad del conocimiento, sería útil sustituir el término alfabetización en información por otro que sea más incluyente y menos ambiguo.

Incluso como denominación de una subdisciplina especializada, el término debería ser cambiado y la palabra alfabetización eliminada. El término alfabetización no es útil porque muchos políticos piensan que sólo implica la capacidad básica de leer y escribir. La alfabetización en este sentido es una competencia prerrequisito para poder utilizar información. Por consiguiente, sugiero que los bibliotecarios abandonen el término alfabetización en información y usen en su lugar un término más amplio. El término que yo recomiendo es competencias en comunicación e información (communication and information competencies).

Respuesta:

La investigación actual es principalmente a corto plazo, ad hoc y muy focalizada. Para que los bibliotecarios convenzan a los directivos de las universidades que la alfabetización en información es útil, es necesario realizar estudios a largo plazo que puedan mostrar sus efectos en los resultados dentro de los estudios universitarios (resultados académicos y aprendizaje) y más allá de la Universidad (empleabilidad).

Más allá del contexto educativo reglado, la investigación necesita llevarse a cabo sobre una noción más amplia de competencias en comunicación e información adecuadas para la participación en una sociedad del conocimiento.

Dentro de las universidades sería de gran ayuda que en las investigaciones sistemáticas se apliquen pruebas normalizadas de alfabetización en información con validez del constructo conocida, fiabilidad y validez de contenido, junto con datos específicos contextuales, de modo que pueda acumularse un cuerpo más amplio de evidencias sobre los efectos de la alfabetización en información en los resultados del aprendizaje y en los valores y actitudes hacia el conocimiento.

Jesús Lau (Universidad Veracruzana, Instituto de Ingeniería):

Creo que la investigación desarrollada, en términos generales, es buena especialmente en el mundo anglosajón, si se toma en cuenta el número de profesionales que se dedican a esta disciplina o subdisciplina del campo informativo, y si se consideran otros estudios relacionados sobre hábitos de usuarios. Sin embargo, en forma específica, y directamente relacionada con el ámbito del desarrollo de habilidades o competencias informacionales, la investigación es limitada en el mundo ibérico-latinoamericano, donde hay retos fundamentales todavía por resolver y para lograr una mayor integración del trabajo que se realiza en la disciplina, el más importante es el terminológico, que en el trabajo práctico, no tiene tanta relevancia, pero en la producción científica, esto es vital. Las discrepancias terminológicas son indicadores de que el trabajo de investigación que se realiza aún está por concatenarse. Es necesario consensar definiciones etimológicas y semánticas dentro del propio castellano. El término «Information Literacy» ha sido transliterado en España, aunque el acrónimo ALFIN suena positivamente, tiene limitantes lingüísticas a la hora de su uso, no sólo en investigación, sino inclusive en el trabajo práctico de las bibliotecas, porque son pocas las que llaman oficialmente «programas de alfabetización informativa» a su labor en este campo, porque el usuario no lo acepta, ya que implica que se le facilitará un aprendizaje desde el «abc» o desde cero, negando implícitamente que tenga habilidad básica alguna en materia informacional.

En cuanto a los entes activos en investigación, éstos están principalmente en las universidades que tienen centros o unidades de investigación y predominantemente en programas de educación bibliotecológica o informativa, especialmente de doctorado, en las distintas regiones del mundo, incluyendo a América Latina. Adicionalmente algunos sistemas de bibliotecas académicas realizan labores de investigación aplicada. A nivel internacional, la actividad mayor la ha estado realizando UNESCO, especialmente con su proyecto de crear un modelo que genere indicadores sobre habilidades informacionales para sus estados miembro. IFLA también ha generado actividad creando normas y recursos referenciales sobre el tema y su Congreso Mundial de Bibliotecas atrae presentaciones sobre el tema, aunque no alcanza incluir todas las que se proponen, porque sólo se dedica una sesión o alguna reunión satélite dentro de todo el evento anual. Las comunidades más activas son las de los países de habla inglesa tanto de Norteamérica, Reino Unido y Oceanía, seguido por la comunidad europea en general, y América Latina que parece ha estado más activa que Asia misma y África. En el Lejano Oriente, Taiwán y Corea del Sur parecen tener buena actividad. El primero tiene una Asociación Nacional sobre Alfabetización Informacional. Hace falta completar el estado del arte mundial que inició IFLA-UNESCO para tener fuentes más objetivas de evaluación. Las fuentes que adicionalmente registran estos esfuerzos son la bibliografía anual que por muchos año publicó Hannelore Rader en Estados Unidos, luego el sitio IFLA-UNESCO a nivel internacional, que ahora está un poco desactualizado, y la reciente bibliografía del mundo hispano que compila Alejandro Tirado.

Sobre los temas más importantes a investigar, son varios los importantes, pero podría resaltarse, en forma resumida, la necesidad de trabajar sobre evaluación diagnóstica y sobre medición de competencias, tales como la identificación de indicadores de desempeño. En forma similar, se requiere trabajar sobre teorías educativas, como pedagogía para facilitar habilidades informacionales, así como estudiar el uso e impacto de las nuevas tecnologías y las redes sociales en las habilidades informacionales. Creo que el conocimiento de la pedagogía permite tener un papel más efectivo de la facilitación de las multicitadas habilidades o competencias informacionales.

Andoni Calderón Rehecho (Universidad Complutense de Madrid):

Si consideramos las tesis como uno de los resultados esenciales de la investigación podríamos responder a la pregunta a partir del análisis de la producción de éstas. Hemos hecho una tentativa con algunas bases de datos de tesis. Que sean realizadas en el ámbito universitario seguramente influye para que muchas de ellas se dirijan a analizar la inclusión de la ALFIN en el curriculum. Una parte importante están relacionadas con las TIC y el mundo digital y cómo pueden ser utilizados para una nueva educación, destacando la enseñanza a distancia e incluyendo el perfil de los profesionales educadores. La discusión sobre las competencias y las diferentes denominaciones está implícita en todo el conjunto.

Llama la atención la gran cantidad de tesis brasileñas. En este caso se aprecia un mayor énfasis en la inclusión, en bastantes ocasiones con el adjetivo «digital».

En otros ámbitos, como la UNESCO, se tiende a la búsqueda de indicadores que permitan realizara análisis, además de intentar potenciar la MIL (Media and Information Literacy: Alfabetización Mediática e Informacional). También en las universidades están apareciendo grados o másteres en Educación Audiovisual, que seguramente condicionarán futuras investigaciones.

En el caso de las bibliotecas universitarias/universidades lo que se busca es la obtención de indicadores que permitan evaluar; además de la integración de la disciplina dentro del curriculum y del desarrollo conjunto de las CI2 (competencias informáticas e informacionales) apuesta que se ha concretado en que haya desaparecido el Grupo de Trabajo de ALFIN de REBIUN, pasando una parte de sus integrantes a constituir una Comisión Mixta Intersectorial de la CRUE (CRUE-TIC y REBIUN) que viene trabajando conjuntamente desde hace años. De hecho es quien organiza las Jornadas CRAI y quien ha creado el portal CI2.

El aprendizaje mediante lo que se conoce como investigación en el aula, la resolución de problemas que respondan a situaciones reales contextualizadas es una dirección en varios ámbitos, como el de la biblioteca escolar o los expertos en didáctica y aprendizaje.

Pensamos que lo más necesario es crear esquemas con contenidos (o contenidos para los esquemas existentes, aunque sólo se centren en determinados puntos) antes que dedicarse a la teoría, que tampoco puede, ni debe, darse de sí hasta el infinito.

Por otro lado, hay un relativo problema en el ámbito de la ALFIN, ya que al ser la información su razón de ser, cualquier aspecto relacionado con ella es relevante. Por eso, cuestiones que aparentemente no tienen nada que ver con la ALFIN, o que pueden considerarse de manera independiente, se convierten en cruciales. Por ejemplo, la identidad digital y su protección, el cambio en los flujos de comunicación de la información y sus consecuencias, el aprendizaje informal, los perfiles profesionales -con contenido-, los aspectos éticos y legales, la evaluación de la información (probablemente uno de los aspectos más esenciales), la multialfabetización necesariamente holística (hay quien lo llama transliteracy)… En este sentido nos gusta, porque sintetiza varias realidades, el título escogido por Nieves González para su colaboración en un monográfico sobre ALFIN que pronto publicará la REDC (Revista Española de Documentación Científica): Alfabetización para una cultura social, digital, mediática y en red. Así como la cita que la encabeza, atribuida a Benedetti y sumamente esclarecedora: Cuando teníamos todas las respuestas nos cambiaron las preguntas.

Josep Vives i Gràcia (Generalitat de Catalunya. Departament de Cultura Gabinet Tècnic):

Durante los últimos años se ha llevado a cabo un gran esfuerzo intelectual para dotar la Alfin de un marco conceptual sólido. En este sentido creo que podemos dar por superada la primera etapa «nominalista» y de discusión sobre la conveniencia de utilizar la palabra «alfabetización informacional». Una segunda etapa fue la necesidad de diferenciar la Alfin de la formación de usuarios clásica ya que se corría el riesgo de hacer lo mismo con un nuevo nombre. No podría decir, sin embargo, que esta fase esté totalmente superada ya que todavía se percibe en muchos planes de formación más «instrucción bibliográfica» que desarrollo de competencias de valoración y crítica de la información.

Actualmente nos encontramos ya en un momento de desarrollo práctico de la Alfin. Muchas instituciones disponen de modelos de competencias y planes de formación Alfin para sus usuarios. Creo, sin embargo, que existen más planes de formación que no modelos de competencias. Es decir, no estoy seguro que hayamos reflexionado suficientemente, salvando algunos muy buenos ejemplos, acerca de los modelos de competencias necesarios antes de lanzarnos a hacer el plan de formación.

En nuestro entorno no podemos afirmar que se publique demasiado sobre Alfin. Siempre es más agradecido investigar sobre redes sociales, bibliotecas digitales o el eterno debate sobre el futuro de los bibliotecarios. Existen pocos grupos de investigación dedicados al tema. En general, los bibliotecarios investigamos poco y publicamos menos -no incluyo aquí mantener un blog o web-, pero además la Alfin es todavía una disciplina poco tratada.

Precisamente es aquí donde seguramente más nos queda por hacer. Desarrollar modelos de competencias adaptados a cada entorno de aprendizaje y al momento informacional del usuario. Un mismo usuario no tiene siempre las mismas necesidades.

Cabe destacar la función del foro de la Red de Alfabetización Informacional que impulsa el Ministerio de Cultura. Permite estar al día de los avances a muchos niveles. También podemos encontrar algunos focos de investigación de las universidades de Granada, Murcia, la Complutense de Madrid o la Politècnica de Catalunya. Son focos muy localizados pero que están tirando del carro.

2.- ¿Cómo podríamos describir en este momento el grado de concienciación que existe sobre la necesidad de ALFIN en estos ámbitos: la sociedad, los gobiernos, el mundo académico, los educadores y el mundo profesional? ¿Qué medidas podemos tomar para mejorarlo allí donde es menor?

Ralph Catts (Allimar Community Diagnostics):

La UNESCO debe ser aplaudida por sus esfuerzos, al igual que la IFLA, pero la alfabetización en información no es entendida generalmente como un concepto.

Muchos gobiernos han desarrollado políticas de TIC, pero con algunas notables excepciones (por ejemplo, la República Checa) estas políticas están estrechamente centradas en habilidades operativas y de manejo de equipamientos. Hay una comprensión limitada de la importancia de integrar la comunicación y las competencias en información dentro de los currículos generales y profesionales.

Jesús Lau (Universidad Veracruzana, Instituto de Ingeniería):

En el campo informativo-bibliotecario existe buena concientización de la necesidad de trabajar en el desarrollo de habilidades informativas, para que los ciudadanos puedan beneficiarse y puedan contribuir a la llamada sociedad del conocimiento. Una revisión de las ofertas de trabajo de bibliotecas, en países que los anuncian públicamente como Estados Unidos, buena parte de los nuevos puestos son relacionados con este campo. En cuanto a los gobiernos, los educadores y los profesionales hay una idea general, que podría señalarse está a nivel de subconsciente, sobre la necesidad de que el individuo debe ser competente informacionalmente, debido al enorme impacto de servicios motores de búsqueda, donde Google está a la cabeza. Sin embargo dicha percepción no se traduce en acciones, la mayoría de los países están enfrentando el reto de no sólo tener cobertura universal de los sistemas educativos, sino tener calidad. La educación, con algunas excepciones, pasa por una crisis donde la tecnología, y la oferta informativa de tipo electrónica, rebasa los procesos de aprendizaje y no se usa adecuadamente.

Las medidas a tomar para generar acciones institucionales, nacionales e internacionales son complejas por la magnitud de romper esquemas de aprendizaje, y en algunos casos sistemas políticos nacionales, que están basados principalmente en la enseñanza, más que en el aprendizaje. El interés de UNESCO en crear indicadores internacionales sobre competencias o habilidades informativas es esencial, para concientizar a los gobiernos de la urgente necesidad de que el uso de información sea parte integral de los modelos pedagógicos. Creo que cada profesional activo o interesado del campo informativo tiene que trabajar en demostrar los beneficios de tener una sociedad que sepa localizar, recuperar, evaluar, usar y comunicar información; si realmente se desea tener un mundo de ciudadanos capaces de alimentar su toma de decisiones y aprendizajes con recursos informativos.

Andoni Calderón Rehecho (Universidad Complutense de Madrid):

Podríamos decir que es nulo; al mismo tiempo que todo lo contrario. Nos explicamos: si preguntamos por ALFIN a la mayor parte de las personas seguramente no obtendríamos mucho éxito. Si habláramos de alfabetización digital o de competencia digital la cosa cambiaría, pero seguramente nos iríamos al otro extremo: en muchos casos se entendería que consiste en aprender a utilizar herramientas, sin considerar que la información es importante. Si decimos multialfabetización, múltiples alfabetizaciones, alfabetización o educación mediática, competencias informáticas e informacionales, transliteracy… podrían decirnos, sí, claro; es necesario. Pero ¿cómo se llena de contenido?, ¿qué diferencia a una de otra?, ¿qué ejemplos prácticos tenemos sobre esos esquemas?… ¿No responde la profusión de denominaciones al interés particular de algún descubridor de tierras ya descubiertas, sin un plan para articular el territorio, sólo para llegar al nuevo continente (superpoblado, por más señas)?. Hace poco leía en una obra sobre «Psicología de las nuevas tecnologías» refiriéndose al elearning «En muchas ocasiones, el objetivo que un autor persigue al utilizar un nuevo término no es tanto hacer una clarificación conceptual como transmitir la sensación de que está hablando de algo completamente nuevo e innovador cuando, sin embargo, se trata de cuestiones para las que la terminología anterior es perfectamente válida» (p. 125). El problema que se deriva de esta situación, como sus autores subrayan, es que impide utilizar un lenguaje común, hace más fragmentaria la investigación y dificulta el acceso a las publicaciones más relevantes. Seguramente también es un reflejo de una época de transición, que no obstante parece consolidarse como eterna.

Después de esta digresión que se podía haber incluido en la respuesta a la primera pregunta, consideramos que hay una gran concienciación sobre la necesidad de conseguir salir triunfante de la maraña de la información, pero no se detectan fácilmente los medios y mucho menos las personas que pueden ser parte de la solución: cada uno piensa que es precisamente su nicho o espacio laboral el encargado de realizarlo y se desprecia muchas veces la cooperación con los otros, cuando es esencial. Es posible que en ello influya la hiperespecialización que define el mundo actual, y también la sensación de que muchas profesiones se están diluyendo o que nunca han sido vistas con un perfil que se acercara a su verdadera naturaleza.

En cualquier caso, disponemos de unos cuantos ejemplos que revelan su importancia en varios ámbitos: el interés de la UNESCO y de la Unión Europea por introducir la educación mediática entre las competencias básicas que se deben alcanzar. Por su influencia, en España, la Ley 7/2010 dice que «los poderes públicos… deben contribuir a la alfabetización mediática de los ciudadanos». Ya en la Ley de Educación de 2006 se habían incluido dentro de las competencias básicas del currículo escolar «el tratamiento de la información y competencia digital».

Se puede apreciar el interés creciente y profundo en una cantidad significativa de publicaciones de las consejerías de educación de las Comunidades Autónomas, como por ejemplo la andaluza.

En la profesión y el mundo académico, los ejemplos que demuestran su importancia se multiplican:

Los estudios también lo destacan. Mencionemos dos:

  • Un documento recientemente publicado en el Reino Unido (Re-Skilling for Researh) sustentado en la discusión de profesionales de numerosas bibliotecas recoge las destrezas necesarias en las bibliotecas universitarias para apoyar a la investigación. Las Excellent skills to design information literacy training (both face to face and online) to meet the identified needs of different types of researchers obtienen el segundo puesto como necesarias hoy (80%) y el primero en un futuro reciente (89%).
  • El estudio FESABID sobre la prospectiva de una profesión en continuo cambio contempla la función de Mediador de Aprendizaje y Formador como uno de las opciones esenciales y son considerados como oportunidades, con alta puntuación por la mayor parte de los expertos, el aprendizaje permanente, la autoformación, la ALFIN, la alfabetización digital…

También se aprecia en la labor de quienes llevan tiempo abogando por impulsar la educación mediática, fundamentalmente profesores.

Josep Vives i Gràcia (Generalitat de Catalunya. Departament de Cultura Gabinet Tècnic):

No puedo afirmar que el desarrollo de planes de formación Alfin está actualmente en la parte superior de las agendas políticas. De hecho se da la paradoja que nunca como ahora habíamos estado tan preocupados por la necesidad de mejorar la educación. Pese a que habíamos desterrado la idea de que pudiera haber personas analfabetas, de golpe hemos constatado que tenemos una franja importante de la población presuntamente escolarizada que es incapaz, no de leer, sino de entender lo que lee. Para «entender» una información es necesario saber interpretar ver el contexto (y el medio, que diría McLuhan). Actualmente cualquier persona puede acceder a mucha información, la mayoría, por cierto, redundante ya que está repetida en muchas fuentes, pero la clave está en analizar el contexto y para ello lo primero es desarrollar una capacidad crítica ante la información. De hecho la Alfin no se entiende si no es ligada a otras alfabetizaciones como la alfabetización mediática, la alfabetización digital, la alfabetización cívica o la alfabetización crítica.

No sé hasta qué punto los profesionales de la bibliotecas vemos la necesidad de sumarnos a la lucha contra dos de los dos grandes problemas que actualmente tiene nuestra sociedad, la educación y el paro (este último es de hecho la consecuencia del primero). Las bibliotecas, no lo olvidemos nacen con el objetivo de formar a las personas y para ello se les dotaba de libros que era el medio en el que se recogía la información. Actualmente la función debería ser la misma con la particularidad que actualmente los contextos de la información son mucho más complejos. Debemos acompañar al usuario y explicarle en qué contexto se genera una información que recibe y garantizar su acceso a informes de valor añadido.

Si la biblioteca asume (o reasume) su papel formador -de la misma manera que asumió en su momento su papel en la gestión cultural-, el desarrollo de planes de formación alfin es inexcusable.

3.- ¿Qué aspectos de ALFIN son en este momento más prioritarios y en los que se deberían centrar las políticas y programas de ALFIN de los gobiernos y organizaciones intergubernamentales?

Ralph Catts (Allimar Community Diagnostics):

La máxima prioridad debería ser doble. Dentro de los servicios de educación y en todos los niveles, las políticas tienen que ser ampliadas para abordar las habilidades en comunicación e información. Éstas deberían ser una parte fundamental de los planes de estudios en todos los niveles educativos, incluyendo de forma especial todos los niveles de la formación profesional.

Las políticas gubernamentales deben incorporar la idea de información para todos (véase el programa IFA de la UNESCO). Se requiere un enfoque más amplio que la «alfabetización en información»; un enfoque que reconozca la capacidad para utilizar información y comunicar conocimiento con el fin de participar en una sociedad del conocimiento para el trabajo, la participación civil, la salud y el bienestar personal.

Jesús Lau (Universidad Veracruzana, Instituto de Ingeniería):

Los aspectos más prioritarios, como se señala en párrafos anteriores, es centrarse en actualizar o cambiar los modelos pedagógicos de todos los niveles educativos en los distintos países, inclusive en aquellos que tradicionalmente han tenido enfoques avanzados de uso de información, o de conocer el valor y papel de una buena biblioteca, como los anglosajones, germánicos y nórdicos; para que sean integrales y con enfoques holísticos. En modelos pedagógicos centrados en el aprendizaje el uso de la información es parte natural de dicho proceso. Inclusive, con pecado de subjetividad, se puede crear un modelo educativo alternativo sobre las bases del estudio informacional (uso de la información), con esto se puede enseñar/aprender casi cualquier tópico educativo. Al respecto se requieren acciones más coordinadas entre los actores de las distintas regiones del mundo en materia de desarrollo de habilidades informacionales, para lograr un mayor impacto. IFLA junto con UNESCO son buenas plataformas, para conjuntar el trabajo que se realiza a nivel internacional. Hay organizaciones nacionales que hacen un excelente trabajo, entre ellas las mejores son la Association of College and Research Libraries de la American Library Association, que se podría considerar tiene la mejor cobertura en publicación de resultados de investigación. La otra es la American Association of School Libraries también de ALA y asociaciones similares del Reino Unido. Nuevamente, señalaría que las naciones de habla inglesa tienen excelente liderazgo en el campo.

Andoni Calderón Rehecho (Universidad Complutense de Madrid):

La privacidad e identidad digitales, la comunicación en red, la creación digital, las cuestiones legales en transformación, la manipulación informativa, la multialfabetización (llámesela como se quiera), la adaptación al contexto y al cambio. Lo que traducido sería que lo fundamental es saber quiénes somos, para después poder analizar en qué circunstancias nos encontramos, qué peligros afrontamos, hacia dónde queremos ir, de qué posibilidades disponemos…

Josep Vives i Gràcia (Generalitat de Catalunya. Departament de Cultura Gabinet Tècnic):

En un artículo de este mismo año Paul Sturges y Almuth Gastinger proponen incardinar la Alfin con el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el que hace mención a la libertad de expresión. Según estos dos autores, es evidente que para garantizar el derecho a «buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio» es necesario disponer de una serie de competencias entre las que se encuentra, obviamente, la competencia informacional.

Creo que la situación económica y social en la que nos encontramos da fe que de poco sirve tener acceso a la información si no se tienen las claves de su interpretación. Buena parte de la información es redundante o descontextualizada. El ejercicio pleno de la libertad de la expresión en nuestro entorno ya no solamente pasa por la protección del emisor como dotar a la persona que recibe la información de las competencias informacionales necesarias para su aprehensión.

En este sentido, si asumimos las recomendaciones que nos vienen desde instancias internacionales (OCDE, etc.), los gobiernos deben asumir la necesidad de que para que un ciudadano ejerza plenamente sus derechos cívicos no hay suficiente con recibir información.

De esta manera, los planes Alfin no deberían ya hacer tanto hincapié en enseñar a «buscar» como sí a enseñar a «interpretar». Buscar información resulta actualmente bastante sencillo, de hecho, seguramente hay mucha (¡ya se quejaba de eso Ortega y Gasset en 1931 ¡). Esta función, naturalmente, no es monopolio de los bibliotecarios sino que deberíamos colaborar con otros actores como periodistas, educadores, etc.

4.- ¿Qué papel están jugando los organismos internacionales en la creación y extensión de iniciativas para favorecer ALFIN?

Ralph Catts (Allimar Community Diagnostics):

Las iniciativas «Medios y Alfabetización en Información» de la UNESCO incluyen programas de estudios para profesores, un conjunto de normas y una propuesta de indicadores. Este trabajo debe ser apoyado, pero necesita ser hecho reconociéndose que la alfabetización en información es un concepto demasiado limitado. El riesgo es que las personas que trabajan en la disciplina de la ciencia de la información consideren esto como una oportunidad para ocuparse de otras áreas de gran especialización, como los estudios sobre comunicación e incluso los estudios sobre los medios de comunicación. Eso conducirá a luchas territoriales que distanciarán a los responsables políticos y al mundo académico. Sugiero que tanto la OCDE como la Comunidad Europea tienen que ampliar su marco de referencia para afrontar la necesidad de competencias en comunicación e información para adultos.

Jesús Lau (Universidad Veracruzana, Instituto de Ingeniería):

Los organismos internacionales tienen programas en el campo del desarrollo de habilidades competencias informacionales, aunque no necesariamente se enfocan plenamente a este campo, tales como el examen PISA que aplica la OECD, que ofrecen datos indirectos sobre las competencias de los estudiantes, que afectan o determinan las habilidades informacionales, tales como los resultados de lectura. En el caso de UNESCO, empezó a apoyar el trabajo en este campo un poco tarde, ya que lo hizo en forma clara hasta este decenio, sin embargo a pesar de los retos presupuestales que tiene, en los últimos años ha dedicado presupuesto a crear herramientas para esta disciplina. Los grandes ausentes son los organismos de los distintos niveles educativos internacionales, y por lo tanto nacionales, quienes no tienen claro cómo resolver el reto de tener egresados con competencias informacionales, porque carecen de visión, políticas o planes para atender la educación informativa de docentes y alumnos.

Entre estas organizaciones están las asociaciones de universidades, y la propia OECD, aunque Europa tiene algunos programas pero tienden a operar en forma aislada. También es momento de que organismos de campos subyacentes, como la «alfabetización» de uso de medios masivos «Media Literacy» se unan o se les convenza de conjuntar esfuerzos para lograr un mayor impacto social, económico y político en materia de competencias para el uso de información, aun cuando puede mantenerse una distinción de competencias informativas que permita estudiar las características de cada una y cómo un individuo las utiliza e integra en su sistema cognitivo-social-emocional.

Andoni Calderón Rehecho (Universidad Complutense de Madrid):

La UNESCO tiene una larga tradición de relación con la ALFIN, ligada «espiritualmente» incluso al programa Información para todos. En esa trayectoria ha habido una estrecha colaboración con otras instituciones; por ejemplo con IFLA. De hecho tanto el logo de la ALFIN como la base de datos sobre ALFIN o la página donde se alojan (Infolit Global) son resultado de la cooperación entre ambas instituciones. Otro ejemplo es lo que les lleva ahora a defender los fundamentos de la MIL (Alfabetización Mediática e Informacional). Este mismo mes hay un encuentro en Moscú para acabar de dar forma a algunos contenidos. Los contactos se iniciarion en el Congreso de la IFLA de Goteborg y en el de San Juan de Puerto Rico se formalizaron en un reunión satélite. Al margen de que podamos estar de acuerdo o no con el propio concepto si la iniciativa va a servir para que la UNESCO -que tiene influencia y buena proyección- potencie la ALFIN, y le permita dotarse de contenidos pertinentes, bienvenida sea.

Hay después organismos nacionales que son muy activos: algunos siempre lo han sido. La ALA con sus diferentes divisiones. A mí me parecen excelentes las normas de la AASL (Standards for the 21st Century Learners), renovadas en 2007, que contemplan una parte importante de las nuevas necesidades, aparte de crear materiales en los que las desarrollan (aunque no accesibles gratuitamente). La ACRL, por su parte, pionera en normas ALFIN ha publicado unas normas para la alfabetización visual que parecen una broma: son una copia de las anteriores sin lo visual añadiéndole lo visual. Se nos ocurre que tal vez sea una forma de decir que era suficiente con ALFIN. Aunque luego las hayan acompañado de algún ejemplo de cómo aplicarlas.

Hay otras organizaciones (igual que foros como LILAC) bien conocidas en el mundo de la ALFIN que tienen protagonismo internacional: CAUL, SCONUL, CILIP, ANZIIL… pero seguramente nos apartamos de la pregunta.

Josep Vives i Gràcia (Generalitat de Catalunya. Departament de Cultura Gabinet Tècnic):

En el caso español creo que ha sido definitivo. Ha sido gracias al trabajo de IFLA, de las asociaciones profesionales de ALA, SCONUL o ALIA que nosotros hemos podido implementar las políticas Alfin en nuestros centros. Las Declaraciones de Praga o de Alejandría nos sirvieron a muchos para demostrar que la Alfin valía la pena.

Ahora creo que asistimos a una cierta desaceleración en nuestro sector profesional. Se puede constatar que la efervescencia de hace unos años en relación a los temas Alfin ha bajado. Solamente hace falta ver que las comunicaciones sobre el tema en congresos locales y estatales ha disminuido, y mucho.

Una posible explicación sería pensar que como la recuperación de la información se ha facilitado técnicamente mucho ya no hace tanta falta. Si fuera eso, sería debido a que no hemos explicado bien los objetivos de la Alfin. Alfin no es tanto enseñar a buscar información (no es enseñar Google) sino enseñar a comprender la información, su contexto y su uso. Aquí caben muchas cosas de actualidad: el uso ético y legal de la información, la necesidad de contrastar las informaciones, etc.

5.- ¿Qué rol desempeñan actualmente las bibliotecas de diverso tipo (escolares, universitarias, municipales, profesionales…) en ALFIN? ¿Considera que es suficiente o qué más podrían hacer?

Ralph Catts (Allimar Community Diagnostics):

Las bibliotecas y los bibliotecarios se han preciado demasiado de su experiencia en ciencias de la información. A medida que las personas van ganando habilidad en competencias en comunicación e información mi experiencia es que hacen un uso mucho mayor de las bibliotecas y que llegan a los bibliotecarios con preguntas mucho más complejas y desafiantes. Consiguientemente, los bibliotecarios deben convertirse en especialistas que asesoren a los «iniciados» en la práctica de la comunicación e información. Para ello será necesario que los bibliotecarios se contemplen a sí mismos como guías al lado del usuario, en lugar de considerarse los personajes principales en el proceso de creación y comunicación del conocimiento.

Lamentablemente, algunos bibliotecarios verán esto como una amenaza en lugar de la oportunidad que representa para que estos profesionales sigan siendo relevantes en el siglo XXI, cuando muchas profesiones van a ser cada vez más relevadas por sofisticados sistemas informáticos de prestación de servicios. A medida que más y más adultos adquieran la capacidad de ser estudiantes autónomos, los bibliotecarios tendrán que especializarse o, en gran medida, ya no serán necesarios.

Las bibliotecas públicas deben convertirse en «bancos de conocimiento» en los que las personas puedan no sólo recibir recursos en préstamo sino también almacenar su propio conocimiento e información. Sugiero que cuando los usuarios utilicen los ordenadores de las bibliotecas, puedan almacenar de forma segura sus conocimientos personales valiosos, y además compartir de forma apropiada información con otros usuarios.

Las bibliotecas universitarias deben integrarse mejor con las bibliotecas públicas y es necesario encontrar una forma para que las bases de datos académicas sean accesibles al público en general, tal vez requiriendo una suscripción anual razonable, o un pago puntual en el caso de usuarios ocasionales. La iniciativa de la Universidad Estatal de San José/Biblioteca Pública de San José creada bajo la dirección de Patricia Breivik en los EEUU podría ser utilizada como un ejemplo de cómo superar las barreras para un mejor uso compartido de los recursos de las bibliotecas universitarias y públicas.

Jesús Lau (Universidad Veracruzana, Instituto de Ingeniería):

Las bibliotecas más activas son las universitarias, quienes tienen que atender y fortalecer a un estudiante adulto en forma remedial, ya que a nivel escolar egresan casi sin este tipo de habilidades, porque hay poca actividad en materia de desarrollo de habilidades informativas en los niños y en los propios docentes. En las bibliotecas públicas, en forma similar, hay poca actividad, en parte porque tienen poco personal profesional, pero estas instituciones tienen un enorme campo para trabajar con la ciudadanía, para que se beneficie de la información y participe produciendo con medios informativos, aunque sea a nivel práctico. El individuo común por ejemplo se enfrenta con el reto de no saber usar la enorme gama de servicios que se ofrecen a través de Internet, lo que le limita el ejercicio de una ciudadanía responsable para su vida y su toma de decisiones, amén de que tampoco saben típicamente cómo organizar y preservar la información que generan, como son fotos digitales, o sus mensajes de correo electrónico.

Creo que las escuelas de bibliotecología y ciencias de la información, que generalmente son conservadoras en nuestra región hispano-parlante, tienen la gran oportunidad de formar nuevos profesionales que jueguen este papel docente, de facilitadores de competencias para sobrevivir y vivir con éxito la era informativa actual y la del conocimiento que está ahora en evolución. La disponibilidad cada vez mayor de teléfonos inteligentes por parte de los ciudadanos, y la ya casi disponibilidad omnipresente a través de servicios informativos tipo nube, es decir accesibles desde cualquier sitio con acceso a señal de telecomunicaciones, redes o satélite, hacen que los individuos requieran estar en aprendizaje informativo constante, para explorar las aplicaciones que hacen ya de la vida de un individuo una telaraña informativa.

Andoni Calderón Rehecho (Universidad Complutense de Madrid):

Como en cualquier circunstancia de la vida la respuesta dependerá del lugar concreto en que nos hallemos o en qué nos fijemos.

Si no se considera ni siquiera que las bibliotecas escolares tengan un papel importante que cumplir y sólo están como mero aditamento su papel es lógicamente nimio. Pero eso no impide que haya centros en los que se considere o esté bien desarrollada o que haya iniciativas sumamente interesantes. Tal vez no tengan un gran papel las bibliotecas pero sí los bibliotecarios (y suponemos que las bibliotecas en las que trabajan lo notarán) o los que piensan sobre ellas y las defienden: Glòria Durban, Rosa Piquín, PLEC, las iniciativas mencionadas de las consejerías, algunos congresos (como BET)…

Que en REBIUN exista una línea estratégica (o haya habido un grupo de trabajo sobre ALFIN) que defienda la extensión de las CI2 no significa que todas las bibliotecas lo asuman. Algunas han conseguido un alto reconocimiento (Carlos III, Pompeu Fabra…), en ocasiones hasta exportan el modelo (La Laguna a Santiago, Zaragoza, Huelva y Alicante, al menos), otras han creado herramientas verdaderamente interesantes (Cantabria), han comenzado su andadura con acierto (Burgos, UNED, Navarra), forman parte de una intersectorial con CRUE-TIC (Pompeu Fabra, Sevilla, Alicante, Carlos III, La Laguna…), han diseñado una iniciativa puente con alumnos de secundaria (Huelva) o intervenido en un proyecto de cooperación al desarrollo o de innovación docente (Complutense). Son sólo algunos apuntes.

La apuesta se centra -lo hemos mencionado antes- en incluir la disciplina dentro del curriculum con estrecha colaboración interdisciplinar con otros miembros de la comunidad universitaria.

Las públicas lo tienen más difícil porque sus potenciales destinatarios son muy diferentes; sin embargo intentan dentro de sus medios ser útiles en este ámbito. El tutorial para búsqueda de empleo, potenciado desde el Grupo de Trabajo de ALFIN del Consejo de Coordinación Bibliotecaria es un ejemplo, también la iniciativa del Plan Alba, que contó con participación de expertos universitarios. Otras iniciativas pueden verse en el monográfico «Veintitantas experiencias ALFIN y una canción esperanzada» mencionado antes.

Siempre se puede hacer más; incluso cuando no haya demasiado apoyo externo. Lo importante es no cejar en el empeño, intentar aprovechar cualquier circunstancia para hacerse valer. Por ejemplo, participando en iniciativas de innovación docente (los profesores son unos grandes aliados), incluyendo pequeñas píldoras atrayentes en aquella información que sabemos que les resulta relevante, ampliando la cooperación, formando a los bibliotecarios, creando herramientas que puedan ser útiles para los usuarios: cuando estos se den cuenta de que lo necesitan acudirán a nosotros. La mejor manera en cualquier caso sería conocer a nuestros usuarios, con estudios de sus necesidades y deseos, dialogando con ellos, haciéndoles ver que somos uno más, dispuestos a facilitarles las cosas. Y colaborando entre nosotros: convirtiendo la ALFIN en un brazo más de la larga tradición de cooperación bibliotecaria.

Josep Vives i Gràcia (Generalitat de Catalunya. Departament de Cultura Gabinet Tècnic):

A mi entender quien mejor está llevando a cabo los planes Alfin es la biblioteca universitaria. Un estudio reciente determinaba que el 57% de las bibliotecas universitarias españolas disponía de algún programa nivel de formación. Los trabajos que se están a cabo en el marco de Rebiun para la adopción del modelo de competencias Ci2 es un buen ejemplo.

No parece que en el entorno de la biblioteca pública haya arraigado con tanta fuerza el modelo Alfin. Es cierto que no estar en un marco de formación reglado supone un problema añadido que no tienen las bibliotecas universitarias pero seguramente en la biblioteca pública se han realizado más esfuerzos para la formación tecnológica (cómo usar un ordenador, etc.) que no para la formación en el uso de información. En este sentido se entiende la necesidad de continuar realizando cursos de capacitación tecnológica para contrarrestar la fractura digital inmediata pero es necesario ampliar y consolidar la oferta en competencias informacionales, de lo contrario no evitaremos una fractura informacional entre aquellos que saben qué información usar y los que trabajan con cualquier información.

La cuestión es saber si desde la biblioteca pública se asume este rol formador en el uso de la información. La biblioteca pública ha asumido su protagonismo en las políticas de fomento de la lectura o de programación de actividades culturales. No tengo tan claro que la Alfin se esté considerando al mismo nivel. En este sentido cabe destacar la opinión de Christoper Platt, director de Colecciones y Circulación de la Biblioteca Pública de Nueva York. Platt destacaba hace poco en una entrevista el apoyo de la biblioteca pública a un proceso en el que «las personas se desenvuelven en un mundo cada vez más ‘en línea’, y todos esperamos que los niños y los jóvenes estén cada día más capacitados para leer y escribir en el entorno digital y tener éxito en la escuela, en la carrera y en la vida».

En el caso de las bibliotecas escolares y ya tenemos ejemplos de competencias informacionales descritas en los currículums de primaria o secundaria.

6.- ¿Cuáles son los problemas que pueden estar afectando a la función educativa de los profesionales de las bibliotecas en ALFIN y cómo se podrían aminorar o evitar?

Ralph Catts (Allimar Community Diagnostics):

En la educación reglada, los responsables de los planes de estudios son el personal docente y las juntas académicas, no los bibliotecarios. Esta situación no debería y no va a cambiar, pero si los bibliotecarios están dispuestos a aceptar que su papel es apoyar a los que gestionan los planes, entonces hay un rol fundamental que pueden desempeñar promoviendo la formación de graduados capacitados en el uso de información para crear conocimiento. Sin embargo, para poder convencer al personal académico de que los bibliotecarios deben ser integrados en el equipo docente es necesario evidenciar los beneficios que se derivan de la utilización más eficiente y eficaz de la información para los estudiantes y los profesores. De ahí la necesidad de una investigación sistemática realizada conjuntamente con los educadores y publicada en las revistas de investigación educativa en lugar de en las revistas de Biblioteconomía.

Jesús Lau (Universidad Veracruzana, Instituto de Ingeniería):

El reto mayor de los profesionales de la información y la bibliotecología es la necesidad de desarrollar competencias docentes, desde las sui generis, de capacidad de pararse frente a un grupo de usuarios o facilitar educación individualizada, cómo las habilidades específicas, donde como ejemplo están las de desarrollo de contenidos de cursos, técnicas instruccionales y la facilitación de aprendizajes en forma significativa y relevante. El otro reto es el manejo adecuado de las nuevas y crecientes tecnologías y sus aplicaciones. El desarrollo de aplicaciones, por ejemplo, para acceder, filtrar, organizar y usar información de los citados teléfonos celulares o móviles es abundante, y es un campo virgen para muchos profesionales, sin el dominio de estos desarrollos de software es difícil jugar un papel efectivo y eficiente en la facilitación del desarrollo de habilidades informacionales y el manejo de las redes sociales. El profesional actual de la información tiene grandes oportunidades si maneja la pedagogía informacional, que quizá esta apenas definiéndose, y el uso hábil de las nuevas tecnologías de tipo social.

Andoni Calderón Rehecho (Universidad Complutense de Madrid):

Podríamos considerar unos aspectos externos a los propios bibliotecarios y otros internos.

Entre los externos, que otros profesionales (por ejemplo los docentes) consideren que no tenemos competencias para abordar esta cuestión o que nos convertimos en competidores de su labor; también puede ocurrir que no exista una tradición de cooperación (por ejemplo con informáticos o expertos en multimedia) cuando es necesaria. Otro punto de vista es que la ALFIN no sea necesaria como tal, que basta con la experiencia individual de cada uno para alcanzar sus competencias.

Una cuestión que podría considerarse también externa -aunque ya tras el reconocimiento del papel de los bibliotecarios- es cómo abordar las asignaturas transversales que se hayan establecido. Ya que el número de alumnos es en ocasiones enorme y el de bibliotecarios cada vez más escaso.

Entre los aspectos internos, el principal es pensar que no es labor propia del bibliotecario o que en caso de serlo sólo se reduzca a enseñar el uso de contadas herramientas. También se da el derrotista «¡es una pérdida de tiempo!». Se añade la falta de formación, la no costumbre de realizar un verdadero trabajo en equipo o la reticencia a trabajar con colectivos ajenos.

Posibles soluciones:

La formación de personal está siempre en lugar preeminente, aunque subrayaríamos que con formación verdaderamente pertinente. El establecimiento de vínculos estables con otros colectivos (apoyarse en aquellos que nos tienen más confianza), la demostración de la utilidad de nuestras aportaciones, la creación de herramientas para el autoaprendizaje, la ayuda en la creación y el desarrollo de materiales docentes, el apoyo en la evaluación de la actividad investigadora, el asesoramiento en cuestiones de propiedad intelectual y en el desarrollo de repositorios digitales y la gestión de esa documentación… son algunas de las posibilidades que se nos presentan; en definitiva, mostrarnos como elementos útiles ante el mayor número de colectivos posibles de la institución en la que trabajemos.

Josep Vives i Gràcia (Generalitat de Catalunya. Departament de Cultura Gabinet Tècnic):

Seguramente el principal problema es determinar si efectivamente el bibliotecario-documentalista asume su papel formador. Sí que asume su papel de gestor cultural o de gestor de la información, igualmente asume la necesidad de gestionar la propiedad intelectual, pero no tengo muy claro que con la misma nitidez se esté asumiendo el papel formador.

Ahora mismo, en algunos ámbitos de la biblioteca pública se está reivindicando la «recuperación» del papel prescriptor del bibliotecario en el ámbito del fomento de la lectura, para ello necesitaremos potenciar la formación en literatura, géneros, autores, etc. Algo parecido debería suceder con el perfil formador. Enseñar no es fácil, no se le puede pedir a un bibliotecario que de un día para otro organice un curso y se «enfrente» a 20 personas que están ahí preparadas para escucharle. Es necesario disponer de una serie de conocimientos prácticos para organizar programas, evaluaciones, técnicas de enseñanza, etc.

La primera condición de necesidad es, sin lugar a dudas, que la institución asuma el proyecto y, a partir de aquí, que los profesionales se capaciten en estas técnicas.

 

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