Bibliotecas sin laberinto

LUIS FERNÁNDEZ GALIANO
Arquitecto y catedrático de Proyectos de la Escuela de Arquitectura de Madrid

Reproducimos, con el permiso del autor, el texto publicado en Diseño Interior 13 (1992), pp. 4-5, con el convencimiento de que resultará de interés y actualidad en relación con su participación en las X Jornadas de Gestión de la Información (20 de noviembre de 2008).

La visión de la biblioteca como laberinto ordenado tiene un doble fundamento: por un lado, alude a la disposición repetida e incierta de los libros en los anaqueles interminables, cuya similitud invita al extravío; por otro, se refiere a las dificultades que se encuentran en el camino del conocimiento, tortuoso y desconcertante, que tantas veces nos hace volver sobre nuestros pasos o nos remite al punto de partida. El laberinto físico de los libros y el laberinto intelectual de la búsqueda confluyen en el ámbito de la biblioteca. Jorge Luis Borges nos describió en esos términos sus bibliotecas imaginarias e infinitas, y Umberto Eco construyó también laberínticamente la biblioteca ominosa que tutela el ciego y anciano Jorge de Burgos. Al final de los recorridos intrincados e iniciáticos, el conocimiento aguarda como una fruta secreta, luminosa y amarga.

Nuestra experiencia infantil de las bibliotecas familiares tiene el temblor del descubrimiento de lo oculto y la emoción del viaje por los dobleces del mundo; el tránsito adolescente por las bibliotecas escolares posee igualmente la excitación febril de una aventura lectora que explora el árbol del conocimiento, deteniéndose en cada bifurcación con la ansiedad audaz del héroe en el laberinto. Las cartografías más exóticas y los saberes más improbables se delinearon en el ámbito azaroso y cotidiano de esas bibliotecas que fueron escenarios de nuestros ritos íntimos de paso hacia el continente intelectual y emotivo de la juventud. Cada libro fue entonces una promesa y un riesgo; cada lectura, un tránsito; cada biblioteca, un bosque frondoso en el que adentrarse conteniendo el aliento. Por entonces ya sabíamos que los pájaros destruyen las huellas de pan que marcan el camino de vuelta.

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Las bibliotecas de los arquitectos, sin embargo, no fueron jamás laberínticas. Por el contrario, si ha existido un hilo conductor en su larga historia, es probablemente la voluntad de transparencia y claridad. La intención panorámica hizo de los edificios unos singulares teatros de la memoria, que exponían, en sus volúmenes mudos, omnipresentes taxonomías del conocimiento; la necesidad de supervisión de los lectores configuró similarmente sus espacios como grandes recintos panópticos, controlados por un ojo vigilante. La sumisión a la mirada garantiza cuerpos dóciles; la inserción en el sistema de orden de los saberes, mentes regladas. La utopía ilustrada hizo de las bibliotecas enciclopedias de piedra. La gran sala abovedada, con los libros en bancales, que proyectó Boulleé en 1784, no difiere sustancialmente de la Sainte-Geneviève de Labrouste, construida sesenta años después; y ninguna biblioteca expresaría mejor la ambición panóptica que la reading room circular que diseñó Smirke para el British Museum en 1854.

El ojo ordena también las bibliotecas modernas. La entrada controlada de la luz natural y la imprescindible vigilancia de los usuarios están presentes en los mejores ejemplos de la tradición escandinava, de la sala cilíndrica de Asplund en Estocolmo, gobernada por la mirada como un teatro anatómico invertido, a las diferentes bibliotecas de Alvar Aalto, donde la iluminación diseña las secciones. Cuando James Stirling construye la biblioteca de la Facultad de Historia de Cambridge, la cubierta transparente y la planta en abanico resumen la luz cenital y la mirada vigilante: un edificio pensado para el ojo que ignora el placer térmico o el estruendo de la lluvia en el vidrio horizontal. Louis Kahn aseguró, en uno de sus famosos aforismos, que «el hombre con el libro va hacia la luz». Hacia la luz necesaria para la lectura y hacia la luz simbólica del conocimiento; pero también hacia la luz plana que hace posible el panóptico supervisor.

En la última etapa del tránsito desde el laberinto iniciático hacia la jaula transparente, las grandes bibliotecas se afirman en la retórica de la accesibilidad, y las pequeñas bibliotecas encuentran finalmente su lugar entre los edificios asistenciales. Aquéllas no son ya gigantescos depósitos arcanos que aguardan al explorador intrépido, ni estas últimas son ya tampoco templos periféricos del mismo culto antiguo. Las grandes son ideogramas del conocimiento liviano, que enfatizan su penetrabilidad translúcida hasta el extremo ridículo de colocar a los lectores y los libros en torres y recintos de vidrio, como sucede en esa insensata Très Grande Bibliotèque que Perrault levanta a la orilla del Sena. Las pequeñas bibliotecas, por su parte, apenas son hoy sino recintos calefactados utilizados por jóvenes que repasan apuntes y ancianos que hojean diarios: albergues silenciosos para la población improductiva, estudiantes y pensionistas que, junto con las mujeres, forman el núcleo esencial de la marginalidad lectora.

La lectura, sí; una religión para clases sociales subordinadas, con basílicas transparentes que difunden la teología mendaz del conocimiento accesible y con parroquias suburbanas más dedicadas a la caridad que al culto: catedrales de hielo y templos asistenciales, recintos de control y supervisión que recogen, norman y protegen de acuerdo con una lógica acerada y amable. En estos edificios no hay ya laberintos; no hay códigos ni misterios, no hay bifurcaciones ambiguas ni opacidades inquietantes. Los laberintos sólo existen ya en el espacio virtual de los sistemas informáticos, donde todavía el conocimiento se oculta en las marañas catódicas de las pantallas y en las memorias herméticas de los ordenadores.

Sentado ante una mesa clara de la Biblioteca de Aragón, recordaba hace unos días, durante una visita efímera, las bibliotecas que he vivido y me han vivido. El espacio luminoso, cálido y escueto del edificio de los arquitectos Cotelo y Puente clareaba en la imagen insólita, emborronada en el vidrio, de una Zaragoza cubierta de nieve, y la conciencia de encontrarme en una de las ciudades de mi infancia aguzaba el vértigo de la memoria, que recorría las alfombras silenciosas de las bibliotecas familiares, los lomos de cuero verde de la vieja Britannica en St. Donat’s, el tacto torneado y mullido de los pupitres de la British Library, las aristas barnizadas de mis estanterías reiteradas y geométricas.

Fue entonces, rodeado de escolares afanosos, cuando comprendí que los laberintos inciertos de la curiosidad lectora no podían hallarse en aquel lugar cotidiano, confortable y exacto, y cuando advertí que mi mejor biblioteca reciente ha sido un edificio de oficinas. Encaramado en un despacho sobre el Pacífico, mi biblioteca en el Getty Center de Los Angeles era una pantalla de ordenador y un programa llamado Orión, que era mi hilo de Ariadna para adentrarme en las profundidades ignotas de los depósitos del Centro y de la Universidad de California. Los hallazgos de cada exploración aparecían al cabo de unas horas sobre mi mesa con una puntualidad mágica y, fascinado ante las vicisitudes de mi búsqueda, la pantalla me secuestraba como los juegos informáticos secuestran a mis hijos, y como las interminables bibliotecas de mi niñez me secuestraron a mí. En aquellos o en estos laberintos sobrevivirán -nos sobrevivirán- los libros.

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