Categoría: Centros en marcha

CENTROS EN MARCHA: La Real Biblioteca de El Escorial: el pasado y el presente de una biblioteca histórica única en España

José Luis Gonzalo Sánchez-Molero
Decano de la Facultad de Ciencias de la Documentación
Universidad Complutense de Madrid.

El pasado día 17 de noviembre tuve el placer de ejercer como guía en una visita a la Real Biblioteca de El Escorial, para socios de la SEDIC. En aquella mañana les hablé de la fundación de El Escorial, del contenido y del desarrollo de su biblioteca en época de Felipe II, y tuvimos la oportunidad, por gentileza de la dirección de la Biblioteca, de poder disponer de una pequeña selección de ejemplares de libros, manuscritos e impresos, seleccionados a modo de representación de la gran riqueza en patrimonio bibliográfico que conserva la “Laurentina”. Entonces tuvimos la oportunidad de comprobar como la Real Biblioteca es un “centro en marcha”, no un mero depósito de libros raros, aunque (como biblioteca histórica, de la de “pata negra”) siga siendo profundamente fiel a sus orígenes.

Real Biblioteca de El Escorial

A este respecto, si bien tradicionalmente se ha vinculado la creación de la Regia Laurentina con un memorial presentado en 1555 por Juan Páez de Castro ante Carlos V y Felipe II, en el que proponía la fundación de una biblioteca real de carácter público, al estilo de otras instituciones de la época, lo cierto es que la relación de este memorial con El Escorial no es tan directa. Páez no preludió nunca una biblioteca regia como la ahora sita en San Lorenzo de El Escorial, sino que su proyecto siempre estuvo determinado por un proyecto anterior: el fallido intento auspiciado por Carlos V para ubicar en el castillo de Simancas una gran biblioteca-archivo-museo dedicada a su memoria. De aquí la insistencia de Páez porque su biblioteca ideal contuviera escrituras y documentos, junto con los libros, o de que la misma no debería situarse en un lugar apartado, sino en una ciudad, para lo que proponía (con lógica) a Valladolid. Sus horizontes, nos parece obvio, se limitaban a la antigua Pincia, por entonces sede habitual de la corte castellana, y al cercano castillo de Simancas. Sin embargo, cuando Felipe II regresó a España (1559), las circunstancias habían cambiado de manera tan notable, que ya no fue posible ejecutar el proyecto de Páez tal y como éste lo había concebido. Es más, incluso cuando en 1567, el 22 de abril, el monarca firmó la carta fundacional del monasterio, sorprende descubrir en ella la ausencia de una referencia explícita a la biblioteca. Se citan los estudios, las letras y el Colegio (números 69-83), pero no las razones por las que el rey decidió que el edificio albergaría posteriormente una gran biblioteca de carácter público, o indicaciones sobre cuáles deberían ser sus funciones. Este silencio es muy significativo.

Varias eran las causas de esta situación. En primer lugar, la corte española se había mantenido ajena, desde mediados del siglo XV, a la pujante corriente bibliográfica renacentista que había fructificado en la creación de afamadas bibliotecas públicas en Roma (Vaticana), Venecia (Marciana) y Francia (Louvre). Como consecuencia de esto, Felipe II carecía de unos modelos dinásticos previos a seguir. Es cierto que algunos intentos semejantes se habían producido en España durante el siglo anterior, pero ni Alfonso V en Nápoles, ni Enrique IV ni Isabel la Católica (en Segovia), ni tampoco el emperador Carlos V (en Simancas), habían superado el horizonte “medieval” de la librería-tesoro. No obstante, ante la gravedad de esta situación, ya dos personajes habían intervenido ante el César, aconsejándole la fundación de una biblioteca real de carácter público: el primero Hernando Colón, hacia 1537, y el segundo (como ya hemos citado) Juan Páez de Castro en 1555. Ambos propusieron en sus memoriales la fundación de una institución semejante a las italianas y francesas arriba citadas. Se desconoce la literalidad de la propuesta colombina ante Carlos V, pero si atendemos a la trayectoria vital del hijo ilegítimo del Descubridor, puede suponerse con cierta verosimilitud que aquella estaba muy determinada por la idea de una biblioteca universal, incluso antes de que Conrad Gesner sancionara este término. No en vano, Colón pretendió formar una biblioteca con todos los libros impresos en su época, para lo que realizó compras sistemáticas de libros tanto en España como en los principales lugares de Europa.

Felipe II, quién siendo príncipe conoció el proyecto de Simancas, y que en 1559 fundó la biblioteca real de Bruselas, sin embargo desestimó establecer en Valladolid, Toledo o Madrid una biblioteca semejante a la Bruselas. ¿Por qué? La causa estuvo en la convulsa situación política y religiosa de España en torno a 1559, cuando el Santo Oficio descubrió la existencia de importantes grupos de protestantes en Sevilla y Valladolid. En este contexto, que desató una persecución generalizada hacia los libros, como portadores de la herejía, la idea de fundar una biblioteca quedó “aparcada”, al menos mientras se calmaba la situación religiosa y el rey lograba consolidar un nuevo sistema de gobierno. Esto no ocurriría hasta 1564, y la oportunidad se dio cuando empezó a discutirse la necesidad de crear en el nuevo monasterio de El Escorial (Concebido inicialmente solo como un panteón dinástico) un Colegio o seminario en el monasterio, dotado con una biblioteca propia. Los jerónimos no aventuraban que con esta propuesta iba a convertir el nuevo monasterio de la Orden en la sede de una gran biblioteca real, pero la ocasión fue aprovechada por el Rey para desarrollar el proyecto más ambicioso de establecer en el monasterio la primera biblioteca real pública española.

Tras obtener la aprobación de la comunidad jerónima a la nueva idea regia, en noviembre de 1566 se encaminan ya hacia el Monasterio los cientos de volúmenes de la “Librería rica” del rey, entrega que no concluye hasta 1567. No se produjo, pues, unas entregas masivas de libros, sino un meditado programa basado en la selección de los mismos. Su carácter dinástico es innegable, pero al incluirse los ejemplares de la librería del rey siendo príncipe, su contenido humanístico está muy bien representado, no sólo por los autores y las materias que contenían, sino también por las lenguas escogidas, latín y griego fundamentalmente, con un pequeño espacio para las obras en castellano.

Real Biblioteca de El Escorial 1

El Rey Prudente deseaba que aquella “librería real” fuera una biblioteca “universal” de carácter público, y que funcionara a su vez como un centro editorial. Así, tanto en su concepto como en sus contenidos, la Regia Laurentina se constituyó como un fruto, algo tardío, de la bibliofilia humanística de los siglos XV y XVI. ¿Cómo se transformó la Regia Laurentina en una biblioteca netamente humanística? A partir de 1570 se evidenció que no bastaba que el monasterio fuera un depósito de los libros regios, ni tampoco que el monarca que lo impulsaba fuera un bibliófilo. Incluso los duques de Florencia habían entrado en la elite cultural de la bibliofilia institucional con su librería Medicea. ¿Podía Felipe II, el mayor monarca de la Cristiandad, competir con ellos en este terreno? El rey decidió consultar a varios de los humanistas de su Corte sobre cómo debería concebirse la nueva biblioteca en ciernes. Se hizo asesorar entonces por fray Francisco de Villalba, Ambrosio de Morales, Álvar Gómez de Castro, Antonio Gracián Dantisco y Benito Arias Montano, quienes le aconsejaron sobre tres grandes cuestiones: qué tipo fondos debían tener cabida en la biblioteca, cómo podían obtenerse, y de qué manera deberían consultarse o, dicho de otra manera, cuál sería el propósito final de la biblioteca. De sus informes se extrajeron algunas normas, como el superior interés de los manuscritos sobre los impresos, y la necesidad de obtener magníficas colecciones de códices en griego, latín, castellano, árabe y hebreo, por este orden.

Tras muerte del Rey Prudente, fue sólo cuestión de tiempo que el proyecto humanístico que había alentado su construcción y la recopilación de sus fondos se fuera debilitando. Las causas de esta decadencia se han cargado en el haber de los sucesores del rey, Felipe III y Felipe IV, o en la escasa formación intelectual de los frailes jerónimos que tuvieron a su cargo la biblioteca. Pero los motivos eran menos personales, y más conyunturales. Los humanistas que dieron forma a la biblioteca de El Escorial en el siglo XVI lo hicieron desde una mentalidad renacentista, todavía muy mediatizada por los criterios de erudición filológica que Valla y Erasmo acuñaron en el tránsito entre los siglos XV y XVI. Con el Barroco, la cultura camina en una nueva dirección, y aquellos eruditos para los que se creó la librería magna de El Escorial escasean y dejan de acudir al monasterio. Los sucesores del monarca fundador no descuidaron la tarea de seguir enriqueciendo los fondos de la biblioteca, pero el triunfo de la cultura escrita en castellano, frente a la greco-latina, el gran desarrollo del teatro, la decadencia de la filología clásica, el gusto por la nueva literatura barroca, fueron elementos que relegaron en importancia a los fondos escurialenses durante el Barroco. En el siglo XVIII, con el Neoclasicismo ilustrado, sus manuscritos griegos y latinos recuperaron importancia, pero los avatares el siglo XIX (invasión francesa, desamortizaciones, incendios y expolios por abandono), e incluso la Guerra Civil, pusieron en peligro la integridad de la colección.

En la actualidad, sin embargo, la Real Biblioteca de El Escorial es un importante centro de investigación, cuya titularidad es pública, a través de Patrimonio Nacional, la institución del Estado que tiene a su cargo los bienes públicos, en especial los artísticos, mientras que la gestión de la biblioteca permanece en manos de la comunidad agustina del monasterio, siendo el actual director de la Biblioteca, el padre José Luis del Valle Merino. La Sala de Lectura está abierta a los lectores todos los días laborables (sábados inclusive) de las 10:00 a las 14:00 horas, menos los lunes y domingos (en que todo el monasterio está cerrado al público). Para tener acceso a dicha Sala y efectuar consultas de los fondos es necesario presentar un documento de identificación: por lo general el Documento Nacional de Identidad o el Pasaporte. En el caso de lectores que acceden por primera vez se requiere un carnet de investigador o una carta de presentación. Durante el horario de mañana la Biblioteca pone a disposición de los usuarios todos sus recursos bibliográficos y humanos, con el fin de facilitarles la labor de consulta, estudio o investigación. Por las tardes la biblioteca permanece cerrada para el público, mas es entonces cuando se efectúa el estudio y resolución de consultas, preparación y realización de reproducciones, cursadas por correspondencia, e-mail y fax o mediante llamadas telefónicas. Toda esta labor, que exige con frecuencia muchas horas de dedicación y no suele resultar relevante, ni conocida, se realiza con todo esmero, pues se considera uno de los servicios más genuinos que esta Biblioteca puede ofrecer a sus usuarios, cuya gran mayoría vive o reside lejos de ella. Como es habitual, la Biblioteca cierra durante el mes de agosto por vacaciones del cuerpo técnico.

El número de investigadores fluctúa anualmente entre los ochocientos y los mil, si bien son muchos más los usuarios virtuales, es decir, aquellas personas que solicitan reproducciones de alguna obra de la Biblioteca. Las solicitudes de reproducciones constituyen un tanto por ciento muy importante del servicio que habitualmente se presta a los investigadores. Las copias de manuscritos e impresos pedidos por los usuarios se reproducían y remitían o entregaban exclusivamente en microfilm; pero desde 1998, gracias al servicio de digitalización por medio de un escáner aéreo Minolta PS7000, cedido por la Comunidad Agustiniana, que permite conservar las reproducciones en CD-Rom, se ha producido una considerable agilización en las respuestas a los investigadores que solicitan reproducciones de los fondos para su estudio particular. Asimismo, en 2003 Patrimonio Nacional dotó a la Real Biblioteca de un lector-reproductor de microfilm Minolta RP603Z, que no sólo permite reproducir en papel, sino también digitalizar los microfilmes de los que dispone la Biblioteca, permitiendo de este modo evitar la manipulación reiterada de las obras que se conservan en este soporte. También Patrimonio Nacional ha dotado al servicio de reproducciones de esta Biblioteca de una cámara digital Sony DSC-F717, que permite mejorar en muchas ocasiones la calidad de las reproducciones. Por último, para la realización de Facsímiles de libros escurialenses, la Biblioteca ha ofrecido las máximas facilidades a las empresas editoras interesadas, y prestado el asesoramiento previo respecto a las piezas que más convenía reproducir.

Junto con el fondo antiguo de la biblioteca, se ha ido creando desde época del padre Claret (siglo XIX) una biblioteca de consulta muy nutrida, ingresando en la Biblioteca nuevas obras, colecciones y revistas por suscripción e importantes donaciones. Se procura que las suscripciones de la Real Biblioteca a publicaciones periódicas no coincidan con las de la Biblioteca Privada de la Comunidad Agustiniana y el gran número de intercambios con la Revista La Ciudad de Dios, que se publica en este Real Monasterio. Las revistas de la Biblioteca de la Comunidad se sirven también a los lectores de la Biblioteca Real. No en vano, a los investigadores españoles o extranjeros, ajenos a la Comunidad Agustiniana, se les advierte que deben remitir a la Librería de El Escorial, como obsequio, las publicaciones realizadas a base de documentos consultados y obtenidos en la misma. Asimismo, como la Biblioteca sirve de lazo de unión entre todas las personas interesadas por el tema de El Escorial, muchos estudiosos acuden frecuentemente a la ella para cambiar impresiones sobre las últimas novedades relativas al Monasterio de San Lorenzo el Real en la bibliografía, la historia y el arte. Así ha surgido el numeroso grupo de amigos de El Escorial, que también han donado a la Biblioteca importantes obras raras o agotadas. En otras ocasiones, las donaciones han sido de documentos manuscritos inéditos (en microfilm o fotocopia), estudios mecanografiados inéditos y, lo más frecuente, tesis de temas escurialenses todavía no publicadas.

Esta labor de servicio a los lectores y de constante actualización de la bibliografía es compatible con un intenso trabajo de conservación. De este modo, para atender no sólo a la buena conservación de los libros, sino también al ornato interior de la Biblioteca, cuyo carácter rechaza, hasta cierto punto, la existencia de obras en rústica, se han encuadernado algunas colecciones, obras modernas y publicaciones periódicas. Por otra parte, se ha continuado adquiriendo estuches, diseñados expresamente, para algunos de los mejores códices, que durante años permanecieron expuestos en las vitrinas del Salón Principal. Se trata de realizar una labor semejante a la llevada a cabo el año anterior con la colección de dibujos y picados, dotando a las partituras de una carpeta a medida y sustituyendo las antiguas cajas por unas nuevas, de distinto formato y diferentes materiales. Este trabajo está a cargo de dos personas, restauradoras de papel, contratadas por la Dirección de Actuaciones Histórico-Artísticas sobre Bienes Muebles, Históricos y Museos. Asimismo se plantea cada año un plan de restauración de los fondos antiguos, para garantizar su integridad en los siglos venideros. Finalmente, conviene señalar que semanalmente se revisan los medidores de humedad y temperatura situados en las principales salas de la Biblioteca. Estas mediciones han mostrado variaciones muy lentas, casi imperceptibles, a lo largo del año en la temperatura del Salón de Manuscritos; la humedad, a su vez, ha permanecido prácticamente invariable en todas las épocas del año. El Salón de Impresos se muestra susceptible a mayores variaciones, pero siempre dentro de los valores considerados como aceptables.

El constante incremento de los fondos de la biblioteca de consulta, las necesidades de conservación de los fondos antiguos y el reciente traslado desde el llamado Despacho de Felipe II a la biblioteca de los libros duplicados que se exhibían en dicha sala del Palacio anexo al monasterio de El Escorial obligó a crear nuevos espacios para las librerías. En 1994 la Comunidad Agustiniana cedió varias salas a la Biblioteca Real, donde se han instalado en 2003 nuevas estanterías metálicas a lo largo de las paredes, una estantería compacta mecánica de cuatro cuerpos, tres archivadores de planos metálicos y un archivador de planos de cinco baldas y dimensiones especiales. Éste último para guardar las carpetas con dibujos de gran formato. Todo ello ha sido adquirido por Patrimonio Nacional. En 2004 se han depositado en el mismo lugar los citados libros que estaban en el Despacho de Felipe II, a iniciativa de Almudena Pérez de Tudela, conservadora del Monasterio. Esto ha facilitado la consulta de unos ejemplares que, si bien eran duplicados, en muchas ocasiones procedían de las colecciones reales llegadas a la Biblioteca en época de Felipe II.

La Real Biblioteca dispone de varios medios para la difusión de las investigaciones relacionadas con su contenido e historia. Por un lado, los escritos en forma de artículos, realizados por los Agustinos de El Escorial u otros investigadores, habitualmente se incluyen en la revista agustiniana La Ciudad de Dios, en el Anuario Jurídico y Económico Escurialense, o en Reales Sitios, revista de Patrimonio Nacional. Por otro lado, las ediciones de libros corren a cargo de Ediciones Escurialenses (EDES). En los últimos años se ha dado un gran impulso a la publicación de los catálogos de libros impresos de la Biblioteca, desde los incunables a los libros del siglo XVII, actualizándose enormemente la información sobre estos materiales. En el campo de la difusión de los contenidos de esta biblioteca deben contabilizarse también los préstamos de obras para exposiciones. Si bien, el instrumento más importante para la difusión y acceso de los fondos puede considerarse que es la catalogación informatizada, sistemática e ininterrumpida, de los libros y documentos impresos de la Biblioteca. A lo largo de 2002 se inició el proceso de corrección de la base de datos, labor que ha continuado durante el año 2004. Esta base puede consultarse a través no sólo de una terminal informática en la misma sala de lectura, sino por medio de la web, en el enlace: http://rbme.patrimonionacional.es/Busqueda-en-Catalogo.aspxReal Biblioteca de El EScorial 2

La colección de grabaciones sonoras musicales y de la palabra hablada de la Biblioteca Nacional de España

María Amparo Amat Tudurí y María Jesús López Lorenzo
Servicio de Registros Sonoros de la Biblioteca Nacional de España

La importante y rica colección de grabaciones sonoras de la Biblioteca Nacional de España es gestionada por el Servicio de Registros Sonoros, que con los Servicios de Partituras y de Audiovisuales constituyen el actual Departamento de Música y Audiovisuales. La colección de Registros Sonoros incluye grabaciones sonoras musicales y no musicales y de palabra hablada desde los históricos cilindros, discos perforados, discos de pizarra, vinilos, cintas magnéticas, hasta los actuales registros digitales que ingresan por Depósito Legal, compra y donación.

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CENTROS EN MARCHA: La Biblioteca Lázaro Galdiano

Juan Antonio Yeves

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Fachada de la Biblioteca Lázaro Galdiano

La Biblioteca Lázaro Galdiano es una de las más sobresalientes entre las españolas que proceden de un bibliófilo. Por fortuna permaneció unida y, gracias al rasgo generoso de José Lázaro, que dejó sus bienes al Estado español, se conserva en la Fundación Lázaro Galdiano junto a las más variadas y extraordinarias colecciones artísticas que reunió a lo largo de su vida.

José Lázaro Galdiano nació en Beire (Navarra) el 30 de enero de 1862 y murió en Madrid el 1 de diciembre de 1947. La labor desarrollada al frente de La España Moderna -editorial con gran predicamento en los últimos años del siglo XIX y primeras décadas del XX- fue muy meritoria y el Museo que dejó al morir hace que su nombre figure en la historia del arte español con caracteres imborrables. Sin embargo, no se difundió de la misma manera su apasionada afición a los libros ni se divulgó el merecido prestigio de su biblioteca, ni vida de Lázaro ni después de crearse la Fundación en 1948, cuando sólo era conocida y utilizada por algunos eruditos e investigadores. Los catálogos de los fondos, bien monográficos o colectivos, y las exposiciones organizadas en los últimos años han contribuido al reconocimiento y la difusión de la Biblioteca Lázaro Galdiano, donde están representadas las más variadas facetas de la bibliofilia, pues su creador no estableció límites por materias o por otros criterios y reunió obras de interés por su contenido, piezas de singular belleza o ejemplares de extraordinaria rareza. Siguió la misma orientación a la hora de formar sus colecciones artísticas y bibliográficas y este criterio da unidad al conjunto de su legado conservado hoy en el Museo y en la Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano.

En esta Biblioteca se custodian aproximadamente 900 volúmenes manuscritos, más 45.000 monografías impresas y 1.100 títulos de publicaciones periódicas y en esta ocasión daremos noticia de algunos ejemplares notables y de ciertas iniciativas encaminadas a la difusión de estos fondos para su aprovechamiento y estudio.

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La Biblioteca del Banco de España

Joaquín Selgas Gutiérrez
Biblioteca del Banco de España

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La Biblioteca del Banco de España es una unidad cuyo objetivo primordial es facilitar a los empleados del Banco el acceso a la documentación e información adecuadas para fundamentar los estudios, análisis y decisiones que son objeto de su trabajo. Se configura pues como una unidad de apoyo al trabajo, a la investigación y a la formación de los empleados de la institución, pero está abierta también a cualquier ciudadano o institución que pueda requerir sus servicios. Es un centro especializado en Economía, sobre todo en temas bancarios y monetarios, aunque también se interesa de forma general por las Ciencias Sociales.

1. Historia y desarrollo

La biblioteca tiene como base la colección que empezó a formarse cuando se creó el Servicio de Estudios a finales de 1930. Desde el principio se establecieron tres secciones, una de ellas encargada de las traducciones, la documentación y la biblioteca. Tenemos constancia, por los sellos estampados en las portadas de algunos ejemplares, del inicio de la actividad de esta biblioteca en fecha tan temprana como el 26 de enero de 1931, menos de un mes después del comienzo del funcionamiento del Servicio como tal.

Tras la guerra civil, la clip69-centros-imag2-peq2actividad del Servicio de Estudios se ralentiza y, con ella, la de la biblioteca. Aunque orgánicamente el Servicio de Estudios continúa incluyendo una sección de biblioteca, la actividad no se recupera hasta mediados de los años 60, con la llegada a la dirección de este Servicio de Ángel Madroñero, cuando se empieza a incrementar el personal del Servicio de Estudios y, en consecuencia, su actividad. El primer organigrama de 1968, contemplaba cuatro Subdirecciones, una de ellas de Documentación y Publicaciones, que ocupó Gonzalo Pérez de Armiñán, dentro de la cual había una sección de Documentación y Biblioteca que contaba ya con 10 personas, al frente de la cual se situaba Esteban Hernández Esteve.

Es en estos años cuando comienza a profesionalizarse la gestión de la biblioteca, mediante la formación especializada de varios empleados en la Escuela de Documentalistas. Los presupuestos se amplían, se forma una comisión de compras para asesorar en la adquisición de fondos y se adopta un sistema de clasificación basado en el JEL de la American Economic Association que, con algunas revisiones y adaptaciones, se sigue usando hoy en día.

En 1971 llega a la Dirección General del Servicio de Estudios Luis Ángel Rojo que sería el responsable de dar un impulso definitivo al desarrollo de la biblioteca. En diez años la colección aumenta considerablemente, pasando de apenas 10.000 libros en 1970 a unos 70.000 en 1981. Por un lado se continúa con la compra de fondos actuales, mediante el refuerzo de los presupuestos, pero también se inicia una labor de recopilación de otras colecciones bibliográficas, tanto dentro como fuera de la entidad. En 1973 se incorporan 3.531 libros y unos 280 títulos de revistas, procedentes de la denominada Biblioteca de Conservaduría. Esta era la heredera de la que había sido la primera biblioteca del Banco de España, dependiente de la Secretaría General, y que se puede rastrear desde el último decenio del siglo XIX. De hecho, entre los fondos actuales se conserva un ejemplar de un catálogo impreso de esta biblioteca publicado en 1901. También hay rastros, aunque de menor volumen, de otra “biblioteca” dentro del Banco, que sería la de la Oficina de Operaciones, de la que se conserva un libro registro que recoge 278 entradas de otras tantas obras entre 1943 y 1964, y cuyos ejemplares también se incorporaron a la del Servicio de Estudios en fecha indeterminada.

Poco después, en 1975, se adquiere una importante colección bibliográfica a los herederos de D. Jesús Rodríguez Salmones, que había sido vicegobernador del Banco de España. Esta colección estaba compuesta por unas 11.000 publicaciones, muchas de ellas obras de temática económica, impresas desde el siglo XVI en adelante, incluyendo también una colección de unas 3.000 cédulas y pragmáticas.

En estos mismos años se procuró también formar una colección de memorias de los bancos y las cajas de ahorro españolas, ingresándose tanto en papel, como reproducidas en fotocopias o microfilms. Se completaron de forma retrospectiva las colecciones de las revistas de economía más relevantes. Y, en forma de microfilm, se incorporó en 1980 la Goldsmiths’-Kress Library of Economic Literature (1450-1850), con la reproducción de más de 61.000 libros y 466 publicaciones periódicas.

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Patio de Caja General o de Metálico, en el edificio original del Banco de España, antes de 1934

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Biblioteca y Museo del Instituto Nacional de Administración Pública (INAP)

Por Marta de la Fuente Muñoz

LA SEDE DEL INAP: UN EDIFICIO CON HISTORIA

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Vista desde el Observatorio Astronómico de la calle Atocha

Antecedentes arquitectónicos: el Hospital de la Pasión – El Colegio de Cirugía de San Carlos – Facultad de Medicina

El solar que actualmente ocupa el Instituto Nacional de Administración Pública fue precedido en su asentamiento por varios organismos vinculados al mundo de la Medicina: el Hospital de la Pasión se trasladó a Atocha en 1638, incorporándose al Hospital General.

El primer proyecto para la remodelar el Hospital de la Pasión fue encargado a Francesco Sabatini, (Palermo 1772 – Madrid 1797) en 1786 para construir un Colegio de Cirujanos en Madrid: el proyecto quedó sobre papel y el Hospital continuó su atención al público femenino, mientras que el Colegio permaneció instalado en una de las alas del inacabado Hospital General, en espera de mejor acomodo.

En 1830 la Junta Superior del Real Colegio de Cirugía, solicitó a Fernando VII la autorización para su nuevo traslado al Hospital de la Pasión. El Rey otorgó su permiso no solo para el traslado, sino para hacer uso de todo el terreno que ocupaba el Hospital, así como la autorización para poder derruirlo.

En 1831, Isidro Velázquez (1765 – 1840) planteó un nuevo proyecto para el Real Colegio, que supuso la extensión a la totalidad de la manzana existente entre las calles de Atocha, Santa Isabel, Santa Inés y el callejón del Niño Perdido.

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Antigua Facultad de Medicina, actual sede del INAP

La Real Junta de Médicos dió su aprobación y las obras comenzaron, pero Velázquez hizo presente la imposibilidad de atender él sólo la dirección de las obras, por las muchas obligaciones reales que tenía a su cargo en Palacio. Se propuso nombrar a alguien de su confianza que bajo sus órdenes le ayudase en el proyecto, eligiendo como más idóneos a su discípulo y teniente Manuel Álvarez de Sorribas y a Diego Bolón como aparejador. La propuesta fue aceptada por la Junta de Médicos, además de obtener el Real permiso para que estos dos empleados de Palacio pudieran trabajar para una corporación particular.

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